¿Por qué? ¿Acaso no le llevé una manzana todas las tardes? ¿O no aprendí francés por él y memoricé millones de datos absurdos sobre plantas?
Las lágrimas que me traicionan, que me dejan en evidencia en las situaciones más inoportunas, me hicieron fingir aquella vez una entereza que era pura máscara.
Más tarde vendría el desprendimiento de tierra, arrastrándolo todo, el alud de la conciencia. Después de aquello el agua dejaría de ser potable. Después. Descubrí que me había dejado el cuerpo como si un león hubiese tratado de sacarme a zarpazos de una madriguera. Las cortes permanecen como cicatrices cubiertas de una finísima capa de epitelio rosado.
Me rompió en dos como un palillo de dientes. Me mataste. Me descalabraste hijo de puta. Me golpeó al siguiente hoyo pero la pelota se hundió en un charco.
Gracias por todo. De no haberme machacado el corazón en un mortero y soplar el polvo, no podrían habérmelo transplantado después. Sacado de un cuerpo inerte pero lleno de vida, que aguanta la taquicardia sin arritmias, que cree en el amor. Puesto en mi, late de nuevo.
Es curioso pero el amor (sea o no correspondido) inunda las arterias de un compuesto fosforescente. Cuando uno se ducha o se baña en la playa, puede observarse si se presta atención, como brillan los millones de capilares que se ramifican bajo la piel.
Es un fenómeno conocido como bioluminiscencia.
Saturday, 31 May 2008
One day
Hoy he entrado en el cuarto de mi hermano buscando una pila para el mp3 y me he dado cuenta de que lo echo de menos. Cuando él estaba me reía mucho más. No he encontrado la pila, así que me he ido a correr sin música. 20 minutos sin dolor ¿estará remitiendo la lesión? Todavía estoy lejos de mi récord de cuatro horas, pero entonces era más joven y estaba más loca.
Ha sido una suerte que los tres barrenderos no trabajen los sábados: ser mujer y correr (o saltar) implica botar. La calle estaba prácticamente desierta (tal vez por lo intempestivo de la hora) y sólo me he cruzado al hombre del perro más feo del mundo.
Cuando he vuelto me he puesto a estudiar y en eso se me ha pasado la mañana. Aunque estoy cansada y sueño con dormirme la siesta, no me lo puedo permitir, no a estas alturas de curso, no.
Ojalá le cayera un meteorito a la escuela y dejase un cráter tan profundo que se viesen las entrañas de la tierra. Ojalá una nube de lluvia ácida descargase sobre ella y la derritiese. Ojalá hoy se parase el tiempo y volviera a reanudarse el quince de Julio...
Mejor será que me ponga a estudiar.
Ha sido una suerte que los tres barrenderos no trabajen los sábados: ser mujer y correr (o saltar) implica botar. La calle estaba prácticamente desierta (tal vez por lo intempestivo de la hora) y sólo me he cruzado al hombre del perro más feo del mundo.
Cuando he vuelto me he puesto a estudiar y en eso se me ha pasado la mañana. Aunque estoy cansada y sueño con dormirme la siesta, no me lo puedo permitir, no a estas alturas de curso, no.
Ojalá le cayera un meteorito a la escuela y dejase un cráter tan profundo que se viesen las entrañas de la tierra. Ojalá una nube de lluvia ácida descargase sobre ella y la derritiese. Ojalá hoy se parase el tiempo y volviera a reanudarse el quince de Julio...
Mejor será que me ponga a estudiar.
S
¿Por qué a mi teclado se le ha borrado la letra S?
Según la wikipedia hay letras en el castellano que por tener mayor frecuencia de aparición deberían haberse borrado antes. La S tiene una frecuencia de un 7.98 frente a un 13.68 de la E o un 12.53 de la A. También es cierto que dentro de las consonantes es la que más se repite.
Sigue siendo un misterio...

Según la wikipedia hay letras en el castellano que por tener mayor frecuencia de aparición deberían haberse borrado antes. La S tiene una frecuencia de un 7.98 frente a un 13.68 de la E o un 12.53 de la A. También es cierto que dentro de las consonantes es la que más se repite.
Sigue siendo un misterio...
Friday, 30 May 2008
Tres barrenderos
Lo malo de hacer las cosas siempre a la misma hora es que, inevitablemente, tu rutina colisiona con la de los demás y te los encuentras todos los días.
El viejo con bastón y gafas de aviador que me pregunta cuántas vueltas me quedan. La señora mayor con bambito y zapatillas que me chilla que voy a ganar las Olimpiadas.
Luego hay tres barrenderos. Uno de ellos va en un camión cisterna que tiene dos enormes escobillas giratorias con las que va limpiando la calzada. Avanza muy despacio, levantando a su paso una nube de agua sucia e inmundicia. Éste se limita a tocarme el cláxon cada vez que paso.
Los otros dos van barriendo la calle arriba y abajo, con dos escobones de paja. Llevan unos monos color amarillo reflectante con los que es imposible pasar desapercibido.
Imposible es también evitarlos, pues al ir cambiando constantemente de acera, tarde o temprano me los he de cruzar.
El más mayor parece completamente absorbido por su trabajo. Se afana en dejar la acera impoluta, y frunce el ceño cuando se encuentra un chicle pegado o un helado derretido.
El otro es más joven y se le nota que carece de la más mínima vocación de barrendero. Barre con desgana sobre lo que su compañero ya ha barrido.
La segunda vez que me vio pasar me dijo ¡Hija, qué ojos tienes! y yo, como no podía ser de otro modo contesté Gracias. Desde entonces, cada vez que ve me sonríe y me saluda. Últimamente ha acompañado el gesto con lo que pretende ser un pícaro guiño de ojos. A veces incluso, me tira un beso.
Yo, como soy tonta, le sonrío y le devuelvo el saludo. Y lo peor es que como doy siete vueltas a la manzana, catorce veces se repite la cómica escena que tiene mucho de absurda.
Luego me quejo de tengo un imán para los frikis del pueblo...si es que me los tengo merecidos.
El viejo con bastón y gafas de aviador que me pregunta cuántas vueltas me quedan. La señora mayor con bambito y zapatillas que me chilla que voy a ganar las Olimpiadas.
Luego hay tres barrenderos. Uno de ellos va en un camión cisterna que tiene dos enormes escobillas giratorias con las que va limpiando la calzada. Avanza muy despacio, levantando a su paso una nube de agua sucia e inmundicia. Éste se limita a tocarme el cláxon cada vez que paso.
Los otros dos van barriendo la calle arriba y abajo, con dos escobones de paja. Llevan unos monos color amarillo reflectante con los que es imposible pasar desapercibido.
Imposible es también evitarlos, pues al ir cambiando constantemente de acera, tarde o temprano me los he de cruzar.
El más mayor parece completamente absorbido por su trabajo. Se afana en dejar la acera impoluta, y frunce el ceño cuando se encuentra un chicle pegado o un helado derretido.
El otro es más joven y se le nota que carece de la más mínima vocación de barrendero. Barre con desgana sobre lo que su compañero ya ha barrido.
La segunda vez que me vio pasar me dijo ¡Hija, qué ojos tienes! y yo, como no podía ser de otro modo contesté Gracias. Desde entonces, cada vez que ve me sonríe y me saluda. Últimamente ha acompañado el gesto con lo que pretende ser un pícaro guiño de ojos. A veces incluso, me tira un beso.
Yo, como soy tonta, le sonrío y le devuelvo el saludo. Y lo peor es que como doy siete vueltas a la manzana, catorce veces se repite la cómica escena que tiene mucho de absurda.
Luego me quejo de tengo un imán para los frikis del pueblo...si es que me los tengo merecidos.
Thursday, 29 May 2008
Error?
¿Me estoy equivocando? Dime que es lo que hago mal porque sencillamente no lo veo. No sé dónde está el punto medio y peco por exceso o por defecto. Por ser yo misma y no poder serlo. Porque ser yo misma implica ser libre. ¿Acaso hay palabras vedadas? No puedo evitarlo, me duele el rechazo, no consigo entenderlo. Ya me temía que la inocencia me iba a devolver la bofetada y es que no todo el mundo sabe apreciar lo que -sin esperar nada a cambio- se da.
Nacional IV
El último tramo de la autopista que unía Sevilla y Dos Hermanas era el que más le gustaba. Estaba flanqueado por una hilera de farolas altísimas, pero a menudo estaban apagadas y entonces era como perforar la noche, a veces sin luna.
Prefería ir siempre por el carril izquierdo, el carril de aceleración o adelantamiento, desde que estuvo apunto de atropellar a un perro que surgió de la nada como un cubo del fondo de un pozo. Recordaba sus ojos centelleantes y asustados, y el volantazo que por poco no la llevó a la cuneta.
Para cuando lo vió aparecer en el espejo retrovisor haciéndole ráfagas ya era demasiado tarde para apartarse, así que pensó en acelerar. La aguja subió vertiginosamente marcando 150, 160, 180 km/h pero la luz seguía aproximándose. Nunca había metido la sexta marcha, y la palanca de cambios vibró cuando el marcador pasó la frontera de los 220 km/h.
Cambió de carril en una maniobra desesperada, inconsciente y temeraria, y el coche que la acosaba se cambió tras ella, poniendo burlonamente el intermitente y adecuando su velocidad.
Pensó que tal vez se había quedado dormida de golpe y toda la escena conformaba una pesadilla, pero normalmente sus sueños no olían a nada, y ahora le venía un nauseabundo olor a ciénaga.
Se preguntó que pasaría si frenaba en seco, incluso tirando del freno de mano. Probablemente la inercia la lanzaría por encima del airbag, el cinturón de seguridad le destrozaría las costillas y se aplastaría el cráneo contra la luna, y ni siquiera esa muerte le garantizaba que el vehículo que la perseguía fuese a dejarla escapar.
En la radio sonaba un tema de Pink Floyd y el termómetro marcaba una temperatura de 19 grados. Me va a parar la guardia civil, me van a multar y a quitarme tres puntos, y mi madre no me dejará volver a coger el coche, así que tendré que volver al tren para ir a Sevilla. No sabía porqué, pero la idea de pararse le parecía tan lejana e irrealizable como que el coche desplegase unas alas mágicas y se despegara del asfalto. No comprendía como había tan poco tráfico, como los únicos en la carretera eran ella, en su Golf azul y su perseguidor, en lo que parecía ser una berlina de un color oscuro y metálico.
Tarde o temprano me quedaré sin gasolina y entonces pasará algo. El coche encendió la luz de largo alcance, deslumbrándola por completo y sumiéndola en una confusa sensación de eternidad. Aquello no podía estar sucediendo, simplemente porque a la velocidad que iba ya se debería haber encontrado con la serie de rotondas que dan acceso a la ciudad. Sin embargo se sentía a salvo del tiempo, como si de un momento a otro fuese a despertar y encontrarse resbalando boca abajo por un embudo.
Tal vez esto es lo que llaman "pasar", tiene que ser que la muerte va poco a poco ocupando mi lugar, pero sé que aún existo porque tengo miedo.
Sintió que la fiebre le iba lentamente ganando terreno, amordazándola, tirando de sus párpados enrojecidos que eran como dos mortajas. A la derecha apareció súbitamente un bosque de eucaliptos, y sin pensarlo pisó a fondo y se salió de la calzada...
Prefería ir siempre por el carril izquierdo, el carril de aceleración o adelantamiento, desde que estuvo apunto de atropellar a un perro que surgió de la nada como un cubo del fondo de un pozo. Recordaba sus ojos centelleantes y asustados, y el volantazo que por poco no la llevó a la cuneta.
Para cuando lo vió aparecer en el espejo retrovisor haciéndole ráfagas ya era demasiado tarde para apartarse, así que pensó en acelerar. La aguja subió vertiginosamente marcando 150, 160, 180 km/h pero la luz seguía aproximándose. Nunca había metido la sexta marcha, y la palanca de cambios vibró cuando el marcador pasó la frontera de los 220 km/h.
Cambió de carril en una maniobra desesperada, inconsciente y temeraria, y el coche que la acosaba se cambió tras ella, poniendo burlonamente el intermitente y adecuando su velocidad.
Pensó que tal vez se había quedado dormida de golpe y toda la escena conformaba una pesadilla, pero normalmente sus sueños no olían a nada, y ahora le venía un nauseabundo olor a ciénaga.
Se preguntó que pasaría si frenaba en seco, incluso tirando del freno de mano. Probablemente la inercia la lanzaría por encima del airbag, el cinturón de seguridad le destrozaría las costillas y se aplastaría el cráneo contra la luna, y ni siquiera esa muerte le garantizaba que el vehículo que la perseguía fuese a dejarla escapar.
En la radio sonaba un tema de Pink Floyd y el termómetro marcaba una temperatura de 19 grados. Me va a parar la guardia civil, me van a multar y a quitarme tres puntos, y mi madre no me dejará volver a coger el coche, así que tendré que volver al tren para ir a Sevilla. No sabía porqué, pero la idea de pararse le parecía tan lejana e irrealizable como que el coche desplegase unas alas mágicas y se despegara del asfalto. No comprendía como había tan poco tráfico, como los únicos en la carretera eran ella, en su Golf azul y su perseguidor, en lo que parecía ser una berlina de un color oscuro y metálico.
Tarde o temprano me quedaré sin gasolina y entonces pasará algo. El coche encendió la luz de largo alcance, deslumbrándola por completo y sumiéndola en una confusa sensación de eternidad. Aquello no podía estar sucediendo, simplemente porque a la velocidad que iba ya se debería haber encontrado con la serie de rotondas que dan acceso a la ciudad. Sin embargo se sentía a salvo del tiempo, como si de un momento a otro fuese a despertar y encontrarse resbalando boca abajo por un embudo.
Tal vez esto es lo que llaman "pasar", tiene que ser que la muerte va poco a poco ocupando mi lugar, pero sé que aún existo porque tengo miedo.
Sintió que la fiebre le iba lentamente ganando terreno, amordazándola, tirando de sus párpados enrojecidos que eran como dos mortajas. A la derecha apareció súbitamente un bosque de eucaliptos, y sin pensarlo pisó a fondo y se salió de la calzada...
Tuesday, 27 May 2008
Correr o escapar
Correr nos hace libres. Quiero correr, cruzar trotando los pasos de peatones, saltar por encima de las botellas estrelladas contra el suelo, esquivar a los perros que pasean en el extremo del triángulo equilátero que la cadena que los sujeta forma con el dueño.
Pero no puedo. Tengo una lesión por sobrecarga en el tensor de la fascia lata, y si lo intento tengo la sensación de que el fémur me está taladrando la cadera. Y duele, duele muchísimo. A pesar del dolor, a veces corro, cuando necesito sentar el aire quemándome la traquea, el sudor escociéndome los ojos, los pequeños mosquitos que se quedan pegados a mi frente, y por encima de todo, la libertad...
Me mata estar quieto, siento las articulaciones petrificándose, el corazón haciéndose más pequeño, la adrenalina me sacude como si hubiesen estado a punto de atropellarme y me hubiese librado por los pelos.
Para evitar el impacto contra el suelo, la onda de choque que se propaga desde el talón hasta la nuca, me he comprado una elíptica, a la que le falta un tornillo (que hay que pedir a Barcelona) y no puedo usar.
Necesito un escape, darle puñetazos a un saco de harina, patadas a una naranja, sexo, algo...
Pero no puedo. Tengo una lesión por sobrecarga en el tensor de la fascia lata, y si lo intento tengo la sensación de que el fémur me está taladrando la cadera. Y duele, duele muchísimo. A pesar del dolor, a veces corro, cuando necesito sentar el aire quemándome la traquea, el sudor escociéndome los ojos, los pequeños mosquitos que se quedan pegados a mi frente, y por encima de todo, la libertad...
Me mata estar quieto, siento las articulaciones petrificándose, el corazón haciéndose más pequeño, la adrenalina me sacude como si hubiesen estado a punto de atropellarme y me hubiese librado por los pelos.
Para evitar el impacto contra el suelo, la onda de choque que se propaga desde el talón hasta la nuca, me he comprado una elíptica, a la que le falta un tornillo (que hay que pedir a Barcelona) y no puedo usar.
Necesito un escape, darle puñetazos a un saco de harina, patadas a una naranja, sexo, algo...
Monday, 26 May 2008
El piano
Desde hace unos seis meses tengo un armatoste en el salón que se hace llamar piano. De vez en cuando lo aporreo un poco, y más de vez en cuando aun el sonido que produce resulta agradable al oído. Sin embargo, a pesar de tener la sensación de que mis dedos son de madera y mis muñecas de mármol, y que mi cerebro es tan incapaz de separar lo que hace el dedo gordo de lo que hace el meñique como lo es para desunir lo que ve el ojo derecho de lo que ve el izquierdo, a pesar de generar una tensión en las manos que me destroza las cervicales, cuando me siento frente a él y lo enciendo (es un piano electrónico, que para meter uno de cola en mi salón tendría que sacar el sofá por la ventana), una insólita serenidad me recorre como una punzada o un espasmo.
Para mí la música es el arte que mejor retiene la belleza del mundo, el modo más directo de producir emociones, una organización de fuerzas que en conjunción crean un efecto insólito de paz, desazón, tristeza o alegría.
Recuerdo mis comienzos con siete u ocho años en el conservatorio, aprendiendo el significado del ritmo, la armonía, el sonido y el silencio. Copiando una y otra vez las notas en el pentagrama, y descubriendo conceptos tan intrigantes para mi como la frecuencia, la amplitud, las escalas... A los tres años lo dejé por pura desidia (mi sueño de tocar un instrumento musical se esfumó) y aunque los conocimientos que adquirí en aquella se han conservado intactos en el formol de mi memoria, es una de las decisiones de las que más me arrepiento.
Muchos han sido mis intentos de adentrarme en el universo de la música, incluso me compré un metrónomo de madera que jamás he utilizado, y un diapasón que daba un La de 440 Hz y que usaba para hacer rabiar a mi hermano frenándole la vibración en su oreja. Pero es ahora cuando realmente el deseo se ha empezado a materializar en los primeros acordes y trozos de melodías, cuando estoy explorando conceptos intangibles e inquietantes, como la quinta del lobo, la suma de armónicos y la resonancia.
El piano esconde un arpa cromática de cuerdas, esconde millones de sonidos, un potencial tan grande que casi me siento obligado a aprender a tocarlo sólo por hacerle justicia. He empezado con Minuetos de Bach y no deja de sorprenderme lo rápido que los movimientos se van taladrando en el cerebelo, se automatizan como se automatiza la habilidad para conducir un vehículo. Cuando toco no pienso en lo que toco, es más, si trato de llevar el movimiento al área consciento, erro la nota.
Ahora he terminado de aprender el Canon de Pachelbel, y hasta me estoy atreviendo a meterle pedales...sin profesor, ni clases, sólo con empeño e ilusión, y altas dosis de cabezonería.
Para mí la música es el arte que mejor retiene la belleza del mundo, el modo más directo de producir emociones, una organización de fuerzas que en conjunción crean un efecto insólito de paz, desazón, tristeza o alegría.
Recuerdo mis comienzos con siete u ocho años en el conservatorio, aprendiendo el significado del ritmo, la armonía, el sonido y el silencio. Copiando una y otra vez las notas en el pentagrama, y descubriendo conceptos tan intrigantes para mi como la frecuencia, la amplitud, las escalas... A los tres años lo dejé por pura desidia (mi sueño de tocar un instrumento musical se esfumó) y aunque los conocimientos que adquirí en aquella se han conservado intactos en el formol de mi memoria, es una de las decisiones de las que más me arrepiento.
Muchos han sido mis intentos de adentrarme en el universo de la música, incluso me compré un metrónomo de madera que jamás he utilizado, y un diapasón que daba un La de 440 Hz y que usaba para hacer rabiar a mi hermano frenándole la vibración en su oreja. Pero es ahora cuando realmente el deseo se ha empezado a materializar en los primeros acordes y trozos de melodías, cuando estoy explorando conceptos intangibles e inquietantes, como la quinta del lobo, la suma de armónicos y la resonancia.
El piano esconde un arpa cromática de cuerdas, esconde millones de sonidos, un potencial tan grande que casi me siento obligado a aprender a tocarlo sólo por hacerle justicia. He empezado con Minuetos de Bach y no deja de sorprenderme lo rápido que los movimientos se van taladrando en el cerebelo, se automatizan como se automatiza la habilidad para conducir un vehículo. Cuando toco no pienso en lo que toco, es más, si trato de llevar el movimiento al área consciento, erro la nota.
Ahora he terminado de aprender el Canon de Pachelbel, y hasta me estoy atreviendo a meterle pedales...sin profesor, ni clases, sólo con empeño e ilusión, y altas dosis de cabezonería.
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