Correr nos hace libres. Quiero correr, cruzar trotando los pasos de peatones, saltar por encima de las botellas estrelladas contra el suelo, esquivar a los perros que pasean en el extremo del triángulo equilátero que la cadena que los sujeta forma con el dueño.
Pero no puedo. Tengo una lesión por sobrecarga en el tensor de la fascia lata, y si lo intento tengo la sensación de que el fémur me está taladrando la cadera. Y duele, duele muchísimo. A pesar del dolor, a veces corro, cuando necesito sentar el aire quemándome la traquea, el sudor escociéndome los ojos, los pequeños mosquitos que se quedan pegados a mi frente, y por encima de todo, la libertad...
Me mata estar quieto, siento las articulaciones petrificándose, el corazón haciéndose más pequeño, la adrenalina me sacude como si hubiesen estado a punto de atropellarme y me hubiese librado por los pelos.
Para evitar el impacto contra el suelo, la onda de choque que se propaga desde el talón hasta la nuca, me he comprado una elíptica, a la que le falta un tornillo (que hay que pedir a Barcelona) y no puedo usar.
Necesito un escape, darle puñetazos a un saco de harina, patadas a una naranja, sexo, algo...
Tuesday, 27 May 2008
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