El último tramo de la autopista que unía Sevilla y Dos Hermanas era el que más le gustaba. Estaba flanqueado por una hilera de farolas altísimas, pero a menudo estaban apagadas y entonces era como perforar la noche, a veces sin luna.
Prefería ir siempre por el carril izquierdo, el carril de aceleración o adelantamiento, desde que estuvo apunto de atropellar a un perro que surgió de la nada como un cubo del fondo de un pozo. Recordaba sus ojos centelleantes y asustados, y el volantazo que por poco no la llevó a la cuneta.
Para cuando lo vió aparecer en el espejo retrovisor haciéndole ráfagas ya era demasiado tarde para apartarse, así que pensó en acelerar. La aguja subió vertiginosamente marcando 150, 160, 180 km/h pero la luz seguía aproximándose. Nunca había metido la sexta marcha, y la palanca de cambios vibró cuando el marcador pasó la frontera de los 220 km/h.
Cambió de carril en una maniobra desesperada, inconsciente y temeraria, y el coche que la acosaba se cambió tras ella, poniendo burlonamente el intermitente y adecuando su velocidad.
Pensó que tal vez se había quedado dormida de golpe y toda la escena conformaba una pesadilla, pero normalmente sus sueños no olían a nada, y ahora le venía un nauseabundo olor a ciénaga.
Se preguntó que pasaría si frenaba en seco, incluso tirando del freno de mano. Probablemente la inercia la lanzaría por encima del airbag, el cinturón de seguridad le destrozaría las costillas y se aplastaría el cráneo contra la luna, y ni siquiera esa muerte le garantizaba que el vehículo que la perseguía fuese a dejarla escapar.
En la radio sonaba un tema de Pink Floyd y el termómetro marcaba una temperatura de 19 grados. Me va a parar la guardia civil, me van a multar y a quitarme tres puntos, y mi madre no me dejará volver a coger el coche, así que tendré que volver al tren para ir a Sevilla. No sabía porqué, pero la idea de pararse le parecía tan lejana e irrealizable como que el coche desplegase unas alas mágicas y se despegara del asfalto. No comprendía como había tan poco tráfico, como los únicos en la carretera eran ella, en su Golf azul y su perseguidor, en lo que parecía ser una berlina de un color oscuro y metálico.
Tarde o temprano me quedaré sin gasolina y entonces pasará algo. El coche encendió la luz de largo alcance, deslumbrándola por completo y sumiéndola en una confusa sensación de eternidad. Aquello no podía estar sucediendo, simplemente porque a la velocidad que iba ya se debería haber encontrado con la serie de rotondas que dan acceso a la ciudad. Sin embargo se sentía a salvo del tiempo, como si de un momento a otro fuese a despertar y encontrarse resbalando boca abajo por un embudo.
Tal vez esto es lo que llaman "pasar", tiene que ser que la muerte va poco a poco ocupando mi lugar, pero sé que aún existo porque tengo miedo.
Sintió que la fiebre le iba lentamente ganando terreno, amordazándola, tirando de sus párpados enrojecidos que eran como dos mortajas. A la derecha apareció súbitamente un bosque de eucaliptos, y sin pensarlo pisó a fondo y se salió de la calzada...
Thursday, 29 May 2008
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