¿Por qué? ¿Acaso no le llevé una manzana todas las tardes? ¿O no aprendí francés por él y memoricé millones de datos absurdos sobre plantas?
Las lágrimas que me traicionan, que me dejan en evidencia en las situaciones más inoportunas, me hicieron fingir aquella vez una entereza que era pura máscara.
Más tarde vendría el desprendimiento de tierra, arrastrándolo todo, el alud de la conciencia. Después de aquello el agua dejaría de ser potable. Después. Descubrí que me había dejado el cuerpo como si un león hubiese tratado de sacarme a zarpazos de una madriguera. Las cortes permanecen como cicatrices cubiertas de una finísima capa de epitelio rosado.
Me rompió en dos como un palillo de dientes. Me mataste. Me descalabraste hijo de puta. Me golpeó al siguiente hoyo pero la pelota se hundió en un charco.
Gracias por todo. De no haberme machacado el corazón en un mortero y soplar el polvo, no podrían habérmelo transplantado después. Sacado de un cuerpo inerte pero lleno de vida, que aguanta la taquicardia sin arritmias, que cree en el amor. Puesto en mi, late de nuevo.
Es curioso pero el amor (sea o no correspondido) inunda las arterias de un compuesto fosforescente. Cuando uno se ducha o se baña en la playa, puede observarse si se presta atención, como brillan los millones de capilares que se ramifican bajo la piel.
Es un fenómeno conocido como bioluminiscencia.
Saturday, 31 May 2008
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