Se cruzaron por primera vez en un frío pasillo de la terminal. Ella no reparó en él, y como supo más tarde, él en ella tampoco.
Como final de una serie de acontecimientos, muchos forzados por la vertiginosa rutina de la terminal, otros simple y puramente azarosos, acabaron coincidiendo en una mesa de la cafetería, a una hora concreta e irrelevante, de un día que nunca olvidarían.
En principio, siguieron la misma tónica de no reparar el uno en el otro, pero Serena levantó la vista de su taza de café, y lo vio. Lo observó durante unos segundos y concluyó que no le resultaba atractivo. Pensó en la falta de simetría de su rostro, su pelo ralo, la mueca torcida de su sonrisa. Al instante, se arrepintió de haberlo prejuzgado tan alegremente, y sintió una punzada de autodesprecio.
Serena no puede recordar cómo acabaron el uno frente al otro, sumergidos en una conversación que se había iniciado mucho antes, cuando se cruzaron en aquel pasillo.
Tenía una voz tranquila, un poco aguda para ser masculina, pero hablaba con tal aplomo, con tanta seguridad, que su tono pasaba desapercibido. Mientras le contaba, Serena se preguntó dónde había aprendido a gestionar de aquella manera su silencio, si sería algo innato, fruto de la experiencia, o tal vez deliberadamente aprendido.
Él le habló de un dolor que no conocía, de un intrincado camino de aristas, de una pendiente abrupta, parecida a la que ella tuvo que escalar, de un modo de abordarla.
Se sintió caer. Incrédula noto cómo se derrumbaban sus defensas, cómo sus gestos, su mirada que no se nublaba al recordar el sufrimiento, la envolvían sin remedio.
Entonces dejó de importarle su aspecto, y hasta se sintió avergonzada de su belleza. Temió que él pensase que no había nada más. Sólo deseaba que siguiese hablando, porque cada palabra que pronunciaba la ponía en contacto consigo misma, la ponía en paz. Y él parecía no tener la menor conciencia del efecto que producía en Serena, que a medida que pasaba el tiempo, deseaba con más intensidad abrazarlo.
Es cierto que seguía sin atraerle, que no se imaginaba desnuda en sus brazos demasiado delgados, ni bajo su cuerpo estrecho. Pero no podía evitar el deseo de escuchar su voz a todas horas, de ocupar sus pensamientos, de sentirse reconocida por él.
Supo que era lo que quería, sin más excusas, y por primera vez la ahogó el desasosiego de no poder en la vida conquistarlo.
Monday, 1 March 2010
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

No comments:
Post a Comment