No puedo dejar de pensar en su cuerpo de aquella tarde. Su forma atlética, un tanto masculina, pero de piel lampiña y suavísima. El valle interminable de su espalda, sus piernas firmes, soñolientas, graníticas.
Imaginé muchas veces el embarcadero apacible que guardaba en su vientre, y la visión cobraba en la noche dimensiones de hiperrealidad. Las manos no sólo tocaban, sino que registraban un camino inextricable, cambiante como las mareas, nunca dos veces el mismo.
Sin embargo, a la hora de posar mis dedos ya siquiera, en la ropa que cubría su cuerpo, a partes iguales mullido y hercúleo, vacilé. Fue ella quien guió mis brazos torpes alrededor de sus caderas demasiado estrechas, quien me mordió por encima de la clavícula, quien apretó contra mi sus pechos tan pequeños como arrogantes.
Nunca había jugado en mi boca, con un pezón que fuese mayor que una lenteja. Esta vez, tenía la sensación de estar lamiendo una bolita de anís inagotable.
No me dejó probar sus labios, no me dejó probar esa otra llave. Suspiró y se abrochó la camisa, dejándome el recuerdo indeleble de su sabor.
Wednesday, 15 April 2009
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