Se lanzaba siempre sin tomar la precaución de mirar a ambos lados, con paso decidido y un ímpetu de gacela en los pies a los que seguía sumiso el resto del cuerpo.
No se aventuraba tímidamente unos centímetros, los suficientes para hacer patente su presencia y su intención de cruzar la calle, sino que obcecaba la mirada en la acera objetivo y la arribaba de seis zancadas.
Una hermosa y delgada cebra que tensaba los músculos firmes y elásticos sobre zapatos de tacón o suelas de goma. Un código de barras tatuado en la suave cordillera que nace en las cervicales...
Apunto estuvo una vez de estampar la frente contra la luna de su desvencijado Mercedes del 76 cuando la vio surgir, como un tigre rayado que persiguiera un antílope que a su vez huyese de una tormenta. Clavó el freno sin el tiempo necesario de reacción, por acto reflejo y las ruedas chirriraron conra el asfalto levantando una nube de polvo y neumático abrasado. Pero ella no se inmutó, completó las dos zancadas que la separaban de la acera sin un giro de cabeza ni un respingo de alarma o sorpresa.
Una persiana de luz y oscuridad, un sí y un no alternados y rotundos bajo su huella invisible pero impresa desde entonces en el reverso de su retina.
Cada día, a la misma hora exacta cruzaba la calle que no era más que un obstáculo en su camino.
Cada día, a la misma hora exacta él esperaba al pie del paso de peatones verla pasar arrogante y altiva enfundada en una levita gris de corte masculino, o futil y vana cubierta de muselinas y sus dedos rozaban la calzada de donde él, luego, más tarde, extraía su recuerdo.
Así pasaron meses a lo largo de los cuales no obtuvo un atisbo de mirada ni un gesto desmotivado de gratitud con la mano así, levantada en un medio saludo al aire.
Ni cuando hizo sonar la bocina para increparla, ni cuando encendió y apagó repetidamente los faros para deslumbrarla. Ni cuando esperó disfrazado en silencio con una calabaza por cabeza o cubrió la carretera de rosas dormidas. Nada distrajo su atención centrada en algún punto impreciso entre la multitud del otro lado.
Nada disuadió su obsesiva determinación de captar sus ojos que imaginaba compuestos también por franjas bicolores.
Una mañana apareció tirando del carrito de la compra, otro día tras un perro bien nutrido y obediente.
Conocía sus objetos, su fondo de armario y reconocía el sonido de sus pasos en la bruma matinal de estrés y atascos.
Así al igual que las bandas blancas y negras iban difuminándose de ser pisoteadas, fue desgastándose su esperanza, pisoteada por la certeza de que ella jamás advertiría su existencia...
Una cebra, una cebra a rayas, una cebra galopando la sabana de África...o una culebra estriada desmayada sobre el alquitrán...Ahí está sobre la cebra a horcajadas, clavándole las espuelas en el corazón informe y poco le importa. Ahí está, desagradecida, un, dos , tres...y ahora piso el freno y...piso el acelerador...tan cerca de ella, de su cuerpo cebril que irremediablemente me afrontará cuando sienta el impacto y entonces...aterrada me dirija sus pupilas ciegas.

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