El principito dice que no le gusta lo que escribo. Que no se reconoce, que siente que deliberadamente lo obvio. Y nada me mata más que dejar de ser su rosa metida en un globo. La rosa que le ha domesticado el corazón.
Tres lunas han caído. El principito no sabe lo que cansa ir de planeta en planeta, si poder pernoctar en ninguno porque sólo hay espacio para una persona y cree que le bastará la soledad de su bufanda para plantarse a las afueras del sistema solar.
Creo que piensa que podrá dejar la rosa en algún satélite, y volver a por ella al regreso de su búsqueda.
Pero se equivoca. La rosa le pertenece porque él es el único que sabe que existe, y por el tiempo que le ha dedicado, es suya. Le dijo el zorro bajo el manzano, domestícame, y él lo hizo. Sin saber que él también lo estaba. Sólo eso se conoce, lo que se ha hecho a imagen y semejanza, a lo que se le ha ido dando forma como el hueco de un asiento.
Por eso el principito se molesta, porque siente tal vez un pétalo que es mordedura de cascabel, o una espina que es un látigo o una fusta. Y a veces por eso deja que por la noche le de el aire frío del planeta, y por la mañana ya tiene tos. ¿No ves principito, que la rosa brotó de esa aridez porque a tu suela se te había pegado una semilla, en alguno de tus viajes por otros mundos?
La rosa sólo te ha visto a ti, principito, sólo. Y como en esa esfera de un sólo volcán no hay más agua que la que le riegas, si te vas se muere.
Saturday, 7 June 2008
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