Desde hace unos seis meses tengo un armatoste en el salón que se hace llamar piano. De vez en cuando lo aporreo un poco, y más de vez en cuando aun el sonido que produce resulta agradable al oído. Sin embargo, a pesar de tener la sensación de que mis dedos son de madera y mis muñecas de mármol, y que mi cerebro es tan incapaz de separar lo que hace el dedo gordo de lo que hace el meñique como lo es para desunir lo que ve el ojo derecho de lo que ve el izquierdo, a pesar de generar una tensión en las manos que me destroza las cervicales, cuando me siento frente a él y lo enciendo (es un piano electrónico, que para meter uno de cola en mi salón tendría que sacar el sofá por la ventana), una insólita serenidad me recorre como una punzada o un espasmo.
Para mí la música es el arte que mejor retiene la belleza del mundo, el modo más directo de producir emociones, una organización de fuerzas que en conjunción crean un efecto insólito de paz, desazón, tristeza o alegría.
Recuerdo mis comienzos con siete u ocho años en el conservatorio, aprendiendo el significado del ritmo, la armonía, el sonido y el silencio. Copiando una y otra vez las notas en el pentagrama, y descubriendo conceptos tan intrigantes para mi como la frecuencia, la amplitud, las escalas... A los tres años lo dejé por pura desidia (mi sueño de tocar un instrumento musical se esfumó) y aunque los conocimientos que adquirí en aquella se han conservado intactos en el formol de mi memoria, es una de las decisiones de las que más me arrepiento.
Muchos han sido mis intentos de adentrarme en el universo de la música, incluso me compré un metrónomo de madera que jamás he utilizado, y un diapasón que daba un La de 440 Hz y que usaba para hacer rabiar a mi hermano frenándole la vibración en su oreja. Pero es ahora cuando realmente el deseo se ha empezado a materializar en los primeros acordes y trozos de melodías, cuando estoy explorando conceptos intangibles e inquietantes, como la quinta del lobo, la suma de armónicos y la resonancia.
El piano esconde un arpa cromática de cuerdas, esconde millones de sonidos, un potencial tan grande que casi me siento obligado a aprender a tocarlo sólo por hacerle justicia. He empezado con Minuetos de Bach y no deja de sorprenderme lo rápido que los movimientos se van taladrando en el cerebelo, se automatizan como se automatiza la habilidad para conducir un vehículo. Cuando toco no pienso en lo que toco, es más, si trato de llevar el movimiento al área consciento, erro la nota.
Ahora he terminado de aprender el Canon de Pachelbel, y hasta me estoy atreviendo a meterle pedales...sin profesor, ni clases, sólo con empeño e ilusión, y altas dosis de cabezonería.
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1 comment:
Qué guay, siempre he querido aprender a tocar el piano... Creo que ya nunca aprenderé, pero algo que está en mi to-do-list es aprender a tocar The Top Of The Morning, del gran Mike Oldfield. Esta Semana Santa aprendí a tocar el principio, menuda maravilla.
Precioso post, por cierto :)
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